A un año de los saqueos y la destrucción vienen ganando la mentira y la injusticia.

saq1

Hoy se cumple un año de aquel fatídico 8 de diciembre de 2013.

Una huelga policial, preanunciada de varios meses de reclamos no escuchados por el poder político provincial desembocó en una Concordia liberada a los «saqueadores», palabra bondadosa para referirse a simples ladrones de oportunidad efímera.

Hoy podemos mirar para atrás y decir, sin lugar a dudas, que las responsabilidades son tanto del poder político provincial como de todos aquellos policías que con su actitud sumieron a la ciudad en el caos más absoluto.

En toda su historia nunca, jamás, Concordia había vivido momentos de angustia colectiva y fractura social como la que sufrimos todos.

Nosotros, a través del voto, delegamos en los políticos el manejo de la seguridad pública, y le damos a los policías la confianza del manejo de las armas que deben velar por esa seguridad. Nuestra seguridad.

Ambos nos fallaron. Y nos fallaron feo: los políticos por omisión y los policías por acción.

Los funcionarios provinciales desoyeron durante meses los reclamos policiales por mejores haberes y condiciones de trabajo. No se dieron cuenta de que mirando para otro lado estaban armando una bomba de tiempo que les iba a explotar en la cara a ellos, y a todos nosotros. Los policías, no todos, pero sí los necesarios para dejar a una ciudad liberada, son también responsables a su manera por el daño que sobrevino después.

saq3

La Justicia, si es que puede, sabe y quiere, deberá determinar el grado de responsabilidad que le cabe a cada uno.

Concordia se convertía en una ciudad sitiada, acéfala, tomada por hordas de personas que, en otras circunstancias, probablemente nunca hubieran hecho lo que hicieron. Multitudes que se agolpaban en supermercados, casas de electrodomésticos, y todo otro lugar donde pudieran robar lo que encontrasen a su paso, motorizados en enjambres de motos ayudados por el anonimato de una capucha y la sensación de la impunidad más absoluta.

La locura colectiva transformada en rapiña de cuervos carroñeros, partes inocultables de una sociedad sin valores ni piedad, se había materializado.

Vimos de golpe a parejas con sus hijos pequeños entrando a robar, vándalos en banda, pasando en moto huyendo con televisores bajo el brazo, estufas, licuadoras, pedazos de aire acondicionados, paquetes, bolsas, botellas, de todo.

Supimos de heridos y muertos, muchos más incluso que los que oficialmente se reconocieron después.

Durante más de 48 horas la ciudad entera quedó paralizada, entregada, sumida en el caos y la destrucción, y sin información confiable. Ni oficial ni de ninguna otra fuente. Cada medio que informaba, lo hacía en base a rumores, comentarios, y de chequear permanentemente en las redes sociales lo que los mismos vecinos iban tomando y subiendo con sus celulares.

Tuvimos que ver, vergonzosamente, cómo un Gobernador negociaba prometiendo lo incumplible para salir del paso, con cara de desesperación y a contrarreloj sentado en la misma mesa con policías que no solo desconocían su autoridad y su mando, sino portando el arma reglamentaria, lo cual no deja de ser una aberración absoluta del orden institucional establecido.

saq4

Vendrían tiempos peores, con una policía en huelga de brazos caídos que entregó a Concordia a  los delincuentes por varios meses más.

Se nos harían más promesas rimbombantes, no cumplidas aún, de todo el funcionariado provincial, como por ejemplo poner en marcha en pocos meses el sistema 911 y las cámaras de seguridad que pedimos desde esta Asamblea con miles de firmas de vecinos avalando la solicitud.

saq5

Seguimos sentados en la calesita, esperando, con la sensación de ser víctimas del conocido verso bicicletero usado por profesionales de la mentira donde la idea de fondo es «patear todo para adelante» hasta que nos cansemos y nos terminemos olvidando. (Nota al margen: no va a pasar).

Algunas cosas cambiaron, vinieron más patrulleros, algunas cuantas motos, y una nueva cúpula policial que pudo reconstruir la autoridad perdida. Buenas iniciativas, sí, pero pocas y tarde para la realidad vergonzosa de una ciudad entregada a los delincuentes por más tiempo del que una sociedad puede soportar.

Hubo, claro, alguna mejora salarial a los policías negociada lejos de los micrófonos y de los medios de dudosa sustentabilidad en el tiempo cuando la inflación viene carcomiendo los sueldos, ya magros de por sí para quienes tienen que cuidar de todos nosotros.

Hay hoy 17 policías procesados en prisión domiciliaria esperando un juicio que tarda en empezar.

Hay cientos, miles tal vez, de saqueadores que arruinaron vidas enteras de trabajo y provocaron muertes tan inútiles como innecesarias, que no cumplieron un sólo día de cárcel, gracias al bendito garantismo de los jueces que lo avalan y sostienen, a pesar de que muchísimos de ellos fueron identificados, fotografiados y grabados por cientos de testigos.

Pero lo más triste y trágico de todo es que hay una sociedad profundamente herida en lo más hondo de su razón de ser y de existir, que siente que un año después no se ha hecho justicia.

Una sociedad que se sabe totalmente desprotegida, que sin castigos a los responsables percibe flotar en el aire el permanente miedo a que esto pueda volver a repetirse.

Somos una sociedad en una búsqueda desesperada por reencontrarse con los valores supremos de poder llevar una vida tranquila y una convivencia pacífica entre sus semejantes.

Somos una sociedad que se resiste a vivir enrejada en sus casas.

Somos una sociedad que necesita, para cerrar sus heridas definitivamente, que los culpables del episodio más negro en la historia de Concordia paguen por todo el daño hecho.

Nunca más permitamos que algo así nos vuelva a pasar.

Guillermo Schmid

Presidente – ASEC